Apostando el dinero ajeno

Hace algunos años abandoné mi carrera en inversiones, frustrado de lo “ingrato” del oficio. Mi bautizo bursátil coincidió con el desarrollo de la crisis financiera, por lo que desde un comienzo aprendí de manera práctica las oportunidades y desafíos que consigo trae el incremento de la volatilidad en los mercados. Pero mi sentimiento de frustración nada tenía que ver con ello.

Mi malestar surgía del hecho que detrás de cada alza y desplome en las bolsas, cada devaluación intempestiva, toda entrada y retiro masivo de fondos, no estaba únicamente el sano movimiento del capital que busca ser optimizado, sino la cada vez más frecuente ejecución de políticas públicas no convencionales. En la caja de herramientas del inversionista, a los 18 tomos del CFA, había que sumar ahora la capacidad de anticipar el caprichoso accionar de los gobiernos del mundo.

No se trata de ser puristas ni ingenuos. Los gobiernos son responsables de las políticas fiscales y monetarias. Sólo me costó asimilar que en ocasiones esta responsabilidad toma la forma de relajamientos cuantitativos, tasas de interés negativas, gigantescos rescates a la banca a costa del contribuyente… Y cuando lo hice, preferí dar un paso al costado.

Recordé todo esto al leer un libro notable de Russ Roberts, que acaba de ser reeditado. “Gambling with other people´s money” es un recuento breve, pero al callo, de los incentivos perversos que causaron la Gran Recesión. Agencias gubernamentales “independientes” cooptadas por operadores políticos, temerarios bancos de inversión conscientes de la existencia de una garantía estatal implícita a sus préstamos, políticos deseosos de gastar el dinero ajeno… y al final, pagando la cuenta, ciudadanos que desconocían estar jugando aquella partida de póquer. 

Expuesto sin ambigüedades, lo relatado en el libro es al menos desalentador, considerando que su autor es uno de los grandes defensores actuales del libre mercado. Wall Street, para Roberts, es la muestra más clara de lo que en español toscamente se ha denominado capitalismo prebendario (“crony capitalism”): un gran esquema de Ponzi, donde en connivencia, gobierno y privados se las arreglan para traspasar el costo de sus actividades a los contribuyentes actuales y futuros.

En la evaluación del origen de la crisis, muchas veces los defensores del capitalismo hemos exculpado a banqueros e inversionistas repitiendo que “la culpa no es del chancho, sino del que le da afrecho”. Roberts no se suma a dicho coro. Sin medias tintas, aclara que no es que el sector financiero haya simplemente respondido a las reglas del juego que se le impusieron: es Wall Street el que sin descanso ha presionado por coescribir esas mismas reglas.

El autor lamenta la desfiguración de la esencia del capitalismo -un sistema de pérdidas y ganancias que estimula la prudencia en el primer caso y la toma de riesgos en el segundo, con actores jugándose la piel en sus decisiones-, pero también el daño a la democracia que causa el remedo de libre mercado que actualmente tenemos, donde únicamente aquellos que no son políticamente poderosos sufren las consecuencias de sus actos.

En el balance final, declara Roberts, capitalismo y democracia se han visto profundamente dañados. Pero el error más grande e ignorado de las últimas décadas son los trillones de dólares destinados a salvatajes y malinversiones que tienen un único resultado: dañina asignación del capital y empobrecimiento generalizado (pero desigual). Bombín a la Ponzi que enmascara el enorme costo de oportunidad asociado -todo lo que se pudo hacer y no se hizo- y camufla los desequilibrios que generarán la siguiente crisis.

https://read.amazon.com/kp/embed/?asin=B07NQNWHN3


Comentarios